Hay palabras que pesan menos que una hoja seca y, sin embargo, pretenden tapar el sol. Se dice “operación”, se dice “defensa propia”, se dice “daños colaterales”, y mientras tanto, los niños aprenden a contar por estallidos, las madres hacen fila para un pan que no llega y los hospitales se convierten en ruinas con olor a cloro y ceniza. La lengua del poder siempre busca suavizar la piedra para que no duela, pero el estómago no entiende eufemismos: cuando se vacía, acusa; cuando se hunde, declara.

Palestinos se reúnen para recibir una comida caliente en un punto de distribución de alimentos en el campo de refugiados de Nuseirat, en el centro de la Franja de Gaza, el 21 de mayo de 2025 (Eyad Baba/AFP).

A veces, para orientarnos, basta escuchar lo que el cuerpo dice. Hoy, el cuerpo de Gaza grita con una voz que no admite matices: hambre, desplazamiento, asfixia. El sentido común florece al ras del suelo: donde no entra comida, entra la muerte; donde se prohíbe el agua, se cultiva el odio; donde se niega la dignidad, se prepara el crimen más antiguo: borrar al otro como si nunca hubiera existido.

Hechos que cortan la respiración

© UNRWA

A 8 de agosto de 2025, el contador de muertos supera ya las sesenta mil vidas palestinas. No lo digo yo: lo confirma el rastreador en vivo de Al Jazeera, actualizado ayer, con al menos 61,258 personas asesinadas y más de 152,000 heridas desde octubre de 2023; 197 muertes por inanición, entre ellas 96 niños, ya están documentadas.

No hablamos solo de bombas. La hambruna ya no es riesgo sino realidad: el sistema internacional que clasifica la seguridad alimentaria (IPC) emitió el 29 de julio de 2025 una alerta inequívoca: “el peor escenario de hambruna está en curso” en Gaza; se alcanzaron umbrales de hambruna en la mayor parte del territorio y de malnutrición aguda en Gaza Ciudad.

La vida cotidiana se reduce a sobrevivir a tiros y al hambre. En su cobertura diaria, Al Jazeera reportó más muertes por inanición, junto con miles de niños sufriendo malnutrición aguda.

 El periodista palestino Sami Shehadeh, herido en un ataque israelí, yace en el suelo del hospital Al-Aqsa en Deir al-Balah, en el centro de la Franja de Gaza, el 12 de abril. (Foto: Reuters/Doaa Rouqa)

La guerra también busca silenciar a quien cuenta la guerra: el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) registra al menos 186 periodistas y trabajadores de medios asesinados desde el inicio del conflicto, la cifra más mortífera para la prensa desde que hay registros. Al Jazeera lo subrayó en abril; CPJ lo actualizó en julio y agosto.

Los hospitales han sido atacados de forma sistemática: Al Jazeera documentó cómo la última instalación operativa del norte quedó fuera de servicio tras un bombardeo en abril de 2025.

A la devastación sanitaria se suma la destrucción de hogares y barrios enteros. Evaluaciones satelitales y reportes independientes señalan decenas de miles de edificios arrasados, un costo de reconstrucción que ya en abril de 2024 se estimaba en $18,500 millones de dólares, cifra que hoy solo puede ser mayor.

Mientras tanto, 1.9 millones de personas —casi toda la población— fueron desplazadas dentro de la franja, muchas más de una vez.

Palestinos inspeccionan un lugar donde, según informaron médicos, dos misiles israelíes impactaron en un edificio dentro del hospital Al-Ahli, poco después de que se trasladara a los pacientes tras una advertencia de evacuación, el 13 de abril de 2025 [Dawoud Abu Alkas/Reuters].

El discurso que niega lo que el estómago confirma

No habrá electricidad, ni comida, ni combustible; estamos combatiendo contra animales humanos

Yoav Gallant

En la gramática oficial, no hay hambruna sino “fallas logísticas”; no hay víctimas sino “escudos humanos”; no hay cerco sino “medidas de seguridad”. Pero las propias autoridades israelíes dijeron sin rodeos lo que estaban haciendo: el 9 de octubre de 2023, el ministro de Defensa, Yoav Gallant, anunció un “asedio completo”: “No habrá electricidad, ni comida, ni combustible; estamos combatiendo contra animales humanos”. No fue un lapsus; fue su ideología de muerte.

Esa deshumanización tiene historia. En marzo de 2023, el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich afirmó en París que “no existe el pueblo palestino”. ¿Cómo conmoverse por quienes, según esa ideología, no existen? Primero se borra al otro de las palabras; después, de los mapas; por último, de la tierra.

El resultado está a la vista: el hambre como arma. Periodistas de investigación y medios independientes documentaron el uso deliberado del hambre y el vaciamiento del norte de Gaza como parte de una estrategia de expulsión y reasentamiento.

Frente a esta realidad, la Corte Internacional de Justicia —en el caso iniciado por Sudáfrica— ordenó el 24 de mayo de 2024 que Israel detuviera su operación en Rafah y garantizara el acceso de ayuda humanitaria, recordando las medidas vigentes desde enero y marzo de ese año. La orden fue ampliamente reportada por medios no alineados y analistas independientes.

La contradicción es transparente: se niega la hambruna, pero los cuerpos de los niños lo gritan; se invoca la ley, pero se desobedece la orden del principal tribunal de la ONU; se dice “seguridad”, pero se dispara a buscadores de ayuda y se bombardean hospitales.

De qué está hecho este crimen: ultranacionalismo y supremacía

Nombrar lo que ocurre no es un capricho semántico; es un acto moral. Genocidio no es un insulto: es un concepto jurídico que describe actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo. Cuando se bloquea intencionalmente la entrada de comida, agua, medicina y combustible; cuando se destruye la infraestructura de salud; cuando se desplaza a casi toda la población; cuando se bombardea donde se refugian familias, se está creando condiciones de vida que pueden llevar a la destrucción física del pueblo Palestino.

El Sionismo es una ideología que se nutre del ultranacionalismo y el supremacismo: el fascismo con traje contemporáneo. Su manual es viejo: dehumanizar al adversario, romantizar la fuerza, fabricar un enemigo total y militarizar la vida entera. El fascismo siempre cree que “los suyos” valen más que “los otros”, y que la violencia es una herramienta legítima para reordenar el mundo según su fantasía de pureza.

En Gaza, los elementos están ahí:

  • Dehumanización explícita desde el poder (“animales humanos”), que prepara el terreno para el exterminio.
  • Negación de la existencia del grupo perseguido (“no existe el pueblo palestino”), que intenta legitimar el borrado de su historia y su futuro.
  • Uso sistemático del hambre como arma. El IPC lo describe; Middle East Eye ha documentado cómo el cerco y los bloqueos fabrican la hambruna.
  • Ataques a la prensa y a los hospitales, para que no haya testigos ni cuidados.
  • Desobediencia a las medidas cautelares de la CIJ, indicio de una voluntad política que antepone el objetivo militar a toda norma.

El fascismo siempre contradice su propaganda: se proclama “defensa”, pero ocupa; se dice “cirugía”, pero arrastra; se jura “civilización”, pero cava fosas. La justicia social no nace de los misiles.

¿Y la seguridad?

Se nos repite que todo es por “seguridad”. Pero la seguridad no es una palabra mágica que absuelva cualquier crimen. Seguridad sería liberar rehenes por vías políticas, abrir corredores humanitarios, levantar el asedio, dejar entrar periodistas, cumplir con la legalidad internacional. Lo que vemos es lo contrario: planes para consolidar el control militar sobre Gaza, aun con miles de personas hambrientas y desplazadas, y con advertencias diarias de hambruna.

La seguridad que dura no se construye con fosos ni alambradas: se levanta con derechos. Derecho a existir como pueblo, derecho a volver a un hogar, derecho a comer sin miedo a morir al día siguiente. Todo lo demás es promesa de repetir la catástrofe.

La prueba del estómago y la ética de mirar

Palestinos se reúnen para recibir una comida caliente en un centro de distribución de alimentos en el campamento de Nuseirat, en Gaza, el 30 de abril de 2025 (Eyad Baba/AFP).

Cuando la Corte Internacional de Justicia ordena frenar operaciones que “pueden infligir condiciones de vida que destruyan al grupo”, no está tomando partido por un bando futbolero; está aplicando el lenguaje mínimo de la humanidad. Que un gobierno ignore esa orden dice más del régimen que de la corte.

La prueba del estómago desmonta cualquier propaganda: si hay niños que pesan como de nueve años a los diecisiete, si hay familias que hierven hierbas y granos rotos para engañar al hambre, si la comida no entra y quien corre por una bolsa de harina recibe balas, no hay giro retórico que alcance.

No estamos ante una “tragedia natural” ni ante un “conflicto inevitable”. Estamos ante decisiones humanas que bloquean, disparan, expropian, demuelen y desalientan toda vida digna. Eso tiene un nombre; y aunque cueste decirlo, genocidio es el nombre correcto para una realidad que no deja de reclamarlo.

Ante el fascismo que avanza, lucha por la vida. Si nuestro mensaje resuena en tu corazón, comparte esta información. Que no gane la costumbre, que no venza el cansancio. La historia no se escribe sola: la escriben manos con pan y con palabras, manos que abrazan y que también paran la máquina cuando la máquina muele gente.

¡Actúa ahora en apoyo al pueblo palestino!

No podemos permanecer en silencio frente a la injusticia.

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¡Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá.!


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