A partir de la lectura de “Biología del fascismo” de José Carlos Mariátegui, vale la pena preguntarnos algo incómodo: ¿de verdad el fascismo es solo un tema de libros de historia, y documentales de guerra… o está creciendo, silenciosamente, en nuestra propia generación?

De los fasces romanos a los “Fasci di combattimento”
La palabra “fascismo” no nació en Twitter ni en los debates de café de politólogos actuales. Viene del italiano fascio, plural fasci, que a su vez deriva del latín fascis: un conjunto de varas atadas alrededor de un hacha, símbolo del poder de los magistrados en la antigua Roma. El mensaje era claro: unidad y disciplina al servicio de la autoridad.
Cuando Benito Mussolini crea los Fasci di combattimento (ligas de combate) lo hace en un contexto muy específico: la Italia de la pos Primera Guerra Mundial. Un país con herida de ego, que se sentía estafado en el reparto del botín de guerra; una nación golpeada, deprimida, atravesada por frustración y humillación.
Mussolini surgió del mundo socialista, pero su vínculo con esa tradición fue más pasional que intelectual. Nunca construyó una comprensión profunda de sus fundamentos; más bien adoptó sus símbolos y consignas como parte de una identidad momentánea. No es extraño, entonces, que terminara abandonando aquello que decía defender y abrazara el proyecto contrario. La historia está llena de figuras que, incapaces de sostener una convicción arraigada, giraron hacia la derecha más autoritaria cuando vieron en ella una vía más rápida para obtener poder. Mussolini no fue una excepción, sino uno de los ejemplos más extremos de cómo alguien formado entre banderas socialistas puede convertirse en su verdugo.En ese caldo de resentimiento nacional, derrota y ansiedad de estatus, el fascismo encontró su nicho.

El enojo de la clase media: ayer en Italia, hoy en México
En la Italia de Mussolini, la clase media se sentía cada vez más alejada y molesta con la clase trabajadora organizada. Veía con resentimiento los salarios conquistados, las leyes sociales, los subsidios del Estado. Lo que el movimiento obrero arrancaba al poder, la clase media lo leía como un agravio a su propio esfuerzo.
Ese malestar fue uno de los nutrientes principales del fascismo. Mussolini supo absorber y encuadrar el antisocialismo y el chauvinismo de esa clase media, convertir su confusión en fuerza organizada.
El chauvinismo es una actitud caracterizada por una exaltación irracional, desmesurada y acrítica hacia algo que se considera propio: la nación, el grupo social, el género, la ideología, etc. Se manifiesta como la creencia de que lo propio es superior a lo ajeno, acompañada frecuentemente de desprecio, hostilidad o intolerancia hacia quienes no pertenecen a ese grupo.
Si miramos el México actual bajo el gobierno de Morena, es difícil no ver un eco de aquel escenario. Una parte importante de la clase media reaccionó con rabia cuando se implementaron los programas sociales: pensiones para adultos mayores, becas para estudiantes, apoyos para jóvenes que entran al mercado laboral. No tardaron en aparecer discursos del tipo: “¿Por qué les dan dinero a los huevones?”.
Las clases medias que han perdido la certeza de un crecimiento económico real, se ven de manera constante amenazadas por perder su empleo, bienes o cualquier tipo de seguridad social, el miedo que les provoca la pobreza como destino les lleva mediante la explotación demagógica de dicho miedo a una desesperación colectiva que les arrastra a temer al pobre porque ven reflejado su propio futuro, aterrados proceden a atacarlo con desesperación violentándolo muchas veces, este miedo e incertidumbre es alimentado por los discursos de derecha que culpan al pobre y al extranjero de todos los males.
Y también hay miedo: si quienes están abajo mejoran un poco sus condiciones, se reduce la distancia económica que les hacía sentir “mejor”, “más valioso”, “más trabajador”.
En una lógica capitalista, el valor de una persona se equipara a su capacidad de consumo. Desde ahí, que las y los pobres sean “un poco menos pobres” se vive como una amenaza simbólica. Ese resentimiento, mal administrado, es terreno fértil para formas nuevas de fascismo.
El error histórico de la izquierda y el vacío que llena la derecha
En Italia, los socialistas cometieron un error estratégico: no hicieron el esfuerzo por disputar políticamente el corazón y la mente de la clase media. No intentaron transformar su “actitud espiritual”, como diría Mariátegui. Más bien, profundizaron la enemistad de clase, hasta que la fractura se volvió irreconciliable.
Hoy algo similar ocurre cuando cierta izquierda habla a la clase media solo para regañarla, ridiculizarla o reducirla al cliché de “aspiracionista”. En medio quedan millones de jóvenes precarizados: profesionistas que trabajan en startups, en call centers, en apps de reparto, en outsourcing disfrazado de modernidad. Jóvenes que no son ni “burguesía” ni “clase obrera clásica”, pero que cargan deudas, ansiedad y sensación de no tener futuro.
Si esa franja social no encuentra en los proyectos transformadores una narrativa de futuro y comunidad, no es extraño que termine escuchando a quien sí le ofrece algo, aunque sea solo odio bien empaquetado.
Narcotráfico, Estados y la sombra del norte
Mientras en Italia la burguesía armó y financió el fascismo hasta que este fue más poderoso que el propio Estado, en México el crimen organizado se desarrolló y fragmentó bajo la sombra de los gobiernos del PRI, PAN y de la mano de la CIA. No podemos perder de vista que los cárteles no crecieron en el vacío: hubo tolerancia, complicidad y, en no pocos casos, articulación con intereses externos.
Ejemplos sobran. Uno de ellos es el caso del agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena. De acuerdo con la investigación periodística de Chaparro y Esquivel publicada en la revista Proceso, existen señalamientos de que Camarena habría sido asesinado por la CIA y no por Rafael Caro Quintero, como sostuvo la versión oficial durante décadas. Lo mismo ocurre con la operación “Rápido y Furioso”, mediante la cual armas provenientes de Estados Unidos terminaron en manos de cárteles mexicanos.
En este escenario, la violencia no es solo un tema “local”. Es un dispositivo de control, miedo y fragmentación social. Y el miedo, sabemos, es uno de los motores afectivos favoritos del fascismo.
Redes sociales: fast food emocional al servicio del capital
Si en la Italia de Mussolini la radio, los periódicos y los mítines eran los canales para moldear la opinión pública, hoy ese papel lo juegan las redes sociales. Pero con un giro: ya no solo es la élite económica la que habla; ahora cualquier persona con un smartphone puede convertirse en “experta” de lo que sea.
TikTok, Instagram, YouTube y X se han llenado de coaches de vida, gurús de finanzas, nutriólogos improvisados, entrenadores exprés… y opinadores políticos que, en muchos casos, no tienen otro aval que su carisma frente a la cámara. El contenido no se premia por su rigor, sino por su capacidad de retener nuestra atención y generar reacciones.
A esta dinámica se suma un fenómeno más preocupante: las granjas de bots. Estos sistemas automatizados aprovechan la lógica de los algoritmos —que premian la interacción y la viralidad por encima de la veracidad— para inflar artificialmente el alcance de ciertos mensajes. Miles de cuentas falsas pueden reproducir, comentar y compartir contenido en cuestión de segundos, generando la ilusión de consenso social y validación masiva. Lo que para un usuario común parece una conversación orgánica, en realidad puede ser una operación coordinada cuyo objetivo es moldear percepciones, instalar narrativas y desplazar el debate público hacia posiciones específicas. A esto se agrega un incentivo perverso: las redes sociales privilegian el discurso polarizante y, en particular, las expresiones de odio, porque son las que provocan más reacciones instantáneas —indignación, burla, miedo, adhesión irracional—, lo que se traduce en más tiempo de visualización y, por ende, más ganancias para las plataformas. Así, la opinión pública deja de ser el reflejo de una comunidad pensante y se convierte en un terreno manipulado donde lo que triunfa no es la verdad, sino la capacidad de producir ruido emocional en escala industrial.
El resultado es un océano de microvideos, frases “profundas” de diez segundos y memes incendiarios con muy poca reflexión, pero alta carga emocional. El modelo de negocio de las grandes plataformas premia a quien mantiene a más gente enganchada. Y esa lógica también permea en influencers que se autoproclaman “auténticos” mientras reproducen marcos narrativos funcionales a intereses privados.
Antes sabíamos, más o menos, quién estaba detrás de las televisoras, la radio o los grandes periódicos. Hoy es mucho más difícil identificar quién financia a ciertos influencers o campañas coordinadas en redes. Esta opacidad facilita la manipulación del sentido común y la emocionalidad de millones de personas.
Si a esto sumamos precariedad laboral, miedo a la inseguridad y la sensación permanente de crisis, el terreno está listo para que discursos autoritarios, racistas, clasistas o abiertamente fascistas se hagan virales sin que siempre los reconozcamos como tales.
Fascismo como emoción más que como ideología
Mussolini tuvo que absorber el antisocialismo y el chauvinismo de la clase media para organizarla en sus fasci di combattimento. Para eso, definió su política como reaccionaria, antisocialista, antirrevolucionaria. Pero tanto su “socialismo” inicial como su posterior fascismo fueron, sobre todo, emociones: rabia, resentimiento, sed de grandeza nacional, deseo de venganza.
Ese es uno de los aportes más potentes de la lectura de Mariátegui: el fascismo no es solo un programa político o un conjunto de ideas; es una forma de gestionar emociones sociales: miedo, frustración, humillación, odio de clase, machismo, nacionalismo extremo.
Si pensamos en nuestras propias burbujas —amigos, familia, redes— podemos detectar fácilmente esos afectos: el tío que pide “mano dura”, la influencer que convierte cada tema en batalla cultural, el compañero de trabajo que repite que “a los pobres les gusta vivir del gobierno”, el usuario de redes que celebra la violencia estatal siempre que caiga sobre “los otros”.
Cuando esos afectos se organizan políticamente, cuando se articulan con intereses económicos concretos, lo que nace no es “solo” un mal clima en redes. Lo que puede nacer es una nueva generación de fascismos adaptados al siglo XXI.
¿Qué hacemos desde nuestra generación?
Si algo nos enseña la historia de Italia y el análisis de Mariátegui es que el fascismo no se combate únicamente con datos o con discursos abstractos. Se combate disputando el sentido común, trabajando las emociones colectivas, construyendo comunidad donde ahora solo hay individualismo y competencia.
Eso implica, entre otras cosas:
- Hablar con la clase media precarizada sin tratarla como enemiga automática.
- Cuestionar el clasismo y el racismo que se cuelan en chistes, memes y comentarios “inocentes”.
- Desconfiar del contenido político que apela únicamente a la rabia y al odio, sin propuesta organizada.
- Reconocer el papel de los grandes capitales —nacionales y extranjeros— en la administración del miedo y la violencia.
- Recuperar espacios de reflexión lenta: libros, círculos de estudio, debates cara a cara, organización barrial o estudiantil.
- Salir de las burbujas digitales y ocupar el espacio público: plazas, parques, escuelas, tianguis, calles y transporte. La conversación política no puede reducirse a comentarios, likes o hilos virales. Necesita cuerpos presentes, miradas directas, silencios incómodos y preguntas que no se pueden responder con un emoji. Solo al encontrarnos con otros seres humanos —con sus historias, sus contradicciones y sus dolores— podemos romper la ilusión algorítmica de que todos piensan como nosotros y construir una comprensión más compleja del país que compartimos.
El fascismo no regresa con camisas negras y desfiles coreografiados idénticos a los de 1922. Llega en forma de “sentido común”, de “opinión contundente”, de “contenido viral”, de “es por tu seguridad”. Por eso, nuestra tarea no es solo informarnos más, sino aprender a leer las emociones que mueven la política. Y ese aprendizaje no ocurre únicamente frente a una pantalla, sino en el roce cotidiano con la diversidad que intentan aislarnos.
Porque, al final, el fascismo del siglo XXI, igual que el del XX, no será solo un conjunto de ideas equivocadas, sino una forma de sentir el mundo… y de odiar a quienes lo habitan. Solo una generación que se reconoce en la calle, en la conversación y en el desacuerdo podrá evitar que ese odio se vuelva destino.






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