El pulso del mundo está en Venezuela. En esa patria hermana en la que más de 28 millones de personas mantienen en alto el rostro, llevan adelante sus vidas y sostienen sus procesos, aunque el ejército más salvaje y el tirano más arrogante de esta era les apuntan desde un cerco ilegal que pone en peligro la paz de toda América.

Empeñado en no mirar a su propio país y no admitir que la crisis del costo de vida y la fragilidad de los derechos sociales le cobran factura, Donald Trump insiste en jugar la carta favorita del imperio: la de la guerra, la de la distracción en el exterior y la fractura de soberanías que no le deben pleitesía. 

Aunque no triunfó en su intento de cerrar por completo los cielos venezolanos y su despliegue naval en el Caribe tiene más del 63% de rechazo entre su propia gente, abrió una nueva era de piratería, bajo la bandera del supuesto “combate al narcoterrorismo”, ha asesinado a 90 pescadores, desaparecido a los marinos del buque Skipper, y ahora tiene la irracional osadía de declarar el “bloqueo total y absoluto a las embarcaciones sancionadas que entren o salgan del país sudamericano”. Evidentes violaciones al derecho internacional que, sumadas a la campaña a favor de la golpista María Corina Machado y su infame “Nobel de la Paz”, apuntan a que Estados Unidos quiere convertir a Venezuela en la Palestina de América y está dispuesto a apostar la estabilidad de todo el orbe.

En estos momentos en que la historia está en debacle, es menester gritar fuerte, y desde todos los rincones, que la República Bolivariana de Venezuela no está sola. Que no sólo los titanes del mundo, como Rusia y China, le brindarán su respaldo si Estados Unidos sigue pisando la delgada línea que sostiene la paz global, sino que también están de su lado todas las naciones e individuos que aún tienen claras las nociones elementales de humanismo y racionalidad que nos separan de la entropía. 

Si Donald Trump se atreve a tocar tierra, en todos los continentes existimos millones de personas defensoras de la paz que estamos dispuestas a levantar los brazos junto a las hermanas y hermanos venezolanos para que esta patria sea el Vietnam del siglo XXI, tal como lo demostramos, hace unos días, al surcar los cielos para reunirnos en Caracas, en la “Asamblea de los Pueblos por la Soberanía y la Paz de Nuestra América”, para ratificar que nuestra solidaridad no es meramente simbólica, sino una voluntad concreta que tiene la capacidad de acuerpar la lucha justa de una patria que no será aplastada por los delirios de los señores de la guerra.

Desde este México, cuya presidenta ha hablado con la razón y la ley a favor de la paz y el respeto a Venezuela, reiteramos nuestro apoyo al proyecto bolivariano, al presidente constitucional Nicolás Maduro Moro y al pueblo de esa tierra digna, porque tenemos el imperativo moral de luchar desde nuestra trinchera contra el terror militar que Estados Unidos despliega contra todas las naciones que se oponen a la nueva era de colonialismo que quiere imponer. Nuestros corazones aún están abrumados por la desolación que la sociedad global no ha logrado frenar en Palestina, pero tenemos la capacidad de convertir el dolor en batalla por el pueblo de Gaza y a la par defender a Venezuela para que no corra el mismo destino.

Porque en esta hora de la humanidad, no hay camino ético si no se apoya a Venezuela, no bajaremos la mirada ni la voz mientras el fascismo continúa desgarrando la ya muy endeble capa que nos separa de la destrucción total; sino que redoblaremos esfuerzos por nuestros hermanos y gritaremos con profundidad y dignidad que: ¡por Latinoamérica libre, estamos con Venezuela! 

Comunicar, agitar, organizar.

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