Por Mohammad Reza Gilani
Las guerras modernas rara vez comienzan de forma repentina. Antes de los misiles y las explosiones existe siempre un proceso político, mediático y social que prepara el terreno. La actual confrontación entre Irán por un lado y Estados Unidos e Israel por el otro no es la excepción.
Uno de los antecedentes más relevantes fueron las protestas que comenzaron en Irán a finales de diciembre de 2025. Aquellas manifestaciones reflejaban un descontento social real, como ocurre en muchos países del mundo. Sin embargo, también se convirtieron en un escenario que diversos actores externos buscaron capitalizar políticamente. Desde el exterior, ciertas figuras opositoras —como Reza Pahlavi— presentaron la presión internacional como una oportunidad para provocar un cambio de régimen en Irán. La lógica parecía clara: aprovechar el malestar interno para debilitar al Estado iraní y facilitar su caída.
Esta estrategia no es nueva. En años recientes se ha hablado de la posibilidad de replicar en otros países un modelo de presión política, económica y mediática que conduzca a transformaciones de poder. Algunos analistas han descrito este enfoque como una “venezuelización” de los conflictos geopolíticos: un escenario donde sanciones, presión diplomática y crisis internas buscan forzar cambios políticos.
Sin embargo, en el caso iraní ese cálculo parece haber fallado.
A diferencia de otros contextos políticos, el estallido del conflicto militar no fragmentó a la sociedad iraní. Por el contrario, la reacción popular ha mostrado un fenómeno recurrente en la historia del país: en momentos de amenaza externa, amplios sectores de la población tienden a cerrar filas en torno a la defensa nacional.
Las imágenes de las calles iraníes tras los ataques reflejan precisamente ese fenómeno. Manifestaciones, banderas nacionales y consignas políticas aparecieron en numerosas ciudades. Lejos de provocar un colapso político inmediato, la agresión militar parece haber fortalecido la cohesión interna de una parte significativa de la sociedad.
Tragedia en Minab: tirar la piedra y la mano que no se puede esconder
El punto de inflexión emocional llegó con la tragedia ocurrida en la ciudad de Minab, donde una escuela primaria fue alcanzada durante los bombardeos estadounidense-israelíes.
La masacre de 170 niñas provocó indignación dentro y fuera de Irán. Este tipo de episodios suele tener un efecto poderoso en la opinión pública: transforma un conflicto geopolítico en una cuestión profundamente humana.
A partir de ese momento comenzó también otra batalla paralela: la guerra de narrativas.
Desde Washington, el presidente estadounidense Donald Trump sugirió que la explosión podría haber sido producto de un error de las propias fuerzas armadas iraníes. Sin embargo, investigaciones posteriores de algunos medios, entre ellos el estadounidense The New York Times plantearon otra hipótesis: el uso de misiles de crucero del tipo Tomahawk cruise missile en la operación.

Como era de esperar, Donald Trump volvió a lanzar la pelota en la cancha de Irán, llegando a afirmar que el Tomahawk cruise missile es un misil que poseen muchos países. Sin embargo, basta con una simple búsqueda para comprobar que Irán no utiliza este tipo de armamento. Así, el magnate republicano terminó cometiendo nuevamente una pifia que en las redes sociales fue ampliamente ridiculizada.
Este choque de versiones demuestra una característica central de los conflictos contemporáneos. Hoy las guerras no se libran únicamente en el terreno militar; también se combaten en el espacio informativo. La percepción pública se convierte en un campo de batalla tan importante como cualquier frente armado.
Al mismo tiempo, dentro de Irán el conflicto parece haber acelerado otro proceso político. En las manifestaciones que siguieron a los ataques comenzaron a aparecer expresiones de apoyo al liderazgo político del país.
Ahora bien, tras el martirio del Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Ali Seyed Khamenei, se especulaba un escenario de caos e inestabilidad en el país persa. Sin embargo, al enemigo el tiro le salió por la culata. Tras el anuncio de la Asamblea de Expertos designando como nuevo líder a Seyed Mojtaba Jamenei, hijo del líder martirizado, la unidad nacional pareció fortalecerse aún más.
Las imágenes que circulan en redes sociales muestran a millones de iraníes que, entre bombardeos enemigos y la nevada invernal, salieron a las calles para jurar lealtad al nuevo Jamenei, coreando consignas como: “La mano de Dios se vislumbra; Jamenei se ha vuelto joven”.
¿Hasta dónde llega la guerra?
En este contexto, el liderazgo iraní parece enviar un mensaje claro: la República Islámica no desea continuar indefinidamente en el ciclo tradicional de “conflicto, tregua y negociación” que ha caracterizado durante décadas su relación con Estados Unidos e Israel. Desde Teherán se percibe cada vez más la intención de cerrar ese círculo vicioso y redefinir las reglas del enfrentamiento.
La historia demuestra que las presiones externas no siempre producen los resultados que esperan quienes las promueven. En ocasiones generan el efecto contrario: refuerzan identidades nacionales, consolidan estructuras políticas y reafirman la voluntad de resistencia de una sociedad.
Lo que está ocurriendo en Irán podría ser un ejemplo de ese fenómeno.
Más allá de las interpretaciones ideológicas, una realidad parece evidente: en momentos de crisis profunda, las sociedades no siempre reaccionan como anticipan los estrategas extranjeros. A veces, la adversidad no debilita a un país, moldea su voluntad… y lo une ante enemigo.





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