La ofensiva israelí en el Líbano ha dejado de ser un intercambio de fuego fronterizo para convertirse en una campaña de devastación a gran escala. Bajo el pretexto de combatir a Hezbolá, Israel está aniquilando la infraestructura civil y desplazando a cientos de miles, en una política calculada de dominio regional. Los datos, crudos e inescapables, pintan un cuadro de destrucción sistemática: más de 826 personas asesinadas, entre ellas al menos 109 niños. Cerca de un millón de personas, equivalente a una séptima parte de la población, han sido forzadas a abandonar sus hogares. Hospitales, escuelas, puentes y barrios residenciales han sido reducidos a escombros. Este no es el daño colateral de una guerra «quirúrgica». Es la implementación de una política deliberada. Un examen frío de los hechos revela que Israel está ejecutando una estrategia de tierra arrasada en el Líbano, con objetivos que van más allá del grupo Hezbolá y apuntan a la desestructuración misma del país, su población y su futuro.
La Estrategia de la Devastación: Objetivo Declarado, Infraestructura Civil
La narrativa oficial israelí justifica los bombardeos como una respuesta necesaria a los ataques de Hezbolá. Sin embargo, las acciones sobre el terreno y las declaraciones de sus propios funcionarios desmontan esta fachada. La estrategia no se limita a blancos militares; tiene como eje central la destrucción de la infraestructura civil y la imposición de un costo insoportable a la sociedad libanesa en su conjunto.
Un momento revelador ocurrió el 13 de marzo, cuando las fuerzas israelíes destruyeron el puente Zrarieh, que cruza el río Litani en el sur del Líbano. Este acto fue significativo porque el ejército israelí lo reconoció abiertamente como un ataque a infraestructura civil, argumentando, sin presentar pruebas, que Hezbolá lo usaba para movilizarse. Fue la primera vez en esta ofensiva que Israel admitía públicamente un golpe de este tipo. Pero fue solo el inicio. El ministro de Defensa israelí dejó clara la intención: advirtió que el gobierno libanés enfrentaría «costos crecientes a través de daños a la infraestructura y pérdida de territorio» por no desarmar a Hezbolá.
Esta amenaza se materializó en panfletos lanzados sobre Beirut, donde Israel advirtió a los libaneses que enfrentarían «el mismo tipo de destrucción infligida a Gaza». La referencia no es retórica vacía. En Gaza, análisis por satélite muestran que el 81% de todas las estructuras han sido dañadas o destruidas. La amenaza es explícita: replicar ese modelo de aniquilación urbana y desplazamiento total. Analistas locales lo describen sin ambages: «Israel está atacando la infraestructura civil en el Líbano como una cuestión de política». No se trata de errores o blancos mal identificados; es el objetivo.
La lógica es perversa pero clara: si el Estado libanés no puede o no quiere someterse a los dictados israelíes respecto a Hezbolá, entonces ese Estado y la sociedad que lo sustenta deben ser castigados colectivamente. La infraestructura (puentes, redes eléctricas, carreteras, centros de comunicación) es el esqueleto de un país. Destruirla no solo dificulta las operaciones de cualquier grupo armado; paraliza la vida civil, imposibilita la economía, ahoga la normalidad. Es una guerra contra la capacidad misma de existir como comunidad organizada.
El Desplazamiento Masivo como Herramienta de Guerra y Castigo Colectivo
Si la destrucción de infraestructura es el método, el desplazamiento masivo de la población es su consecuencia inmediata y, en gran medida, su objetivo estratégico. Las órdenes de evacuación emitidas por Israel no son advertencias humanitarias; son mecanismos de limpieza territorial y de presión psicológica y política extrema.
Según el Consejo Noruego para Refugiados (NRC), las órdenes de evacuación israelíes ahora cubren 1,470 kilómetros cuadrados, el 14% de todo el territorio libanés. Esto incluye todo el sur del Líbano, los suburbios del sur de Beirut y partes del valle de la Bekaa. El resultado es una crisis humanitaria de proporciones catastróficas. Las Naciones Unidas y otras organizaciones estiman que entre 700,000 y un millón de personas han sido desplazadas. Para un país de aproximadamente 6 millones de habitantes, esto significa que una de cada siete personas ha tenido que huir.
El sistema de acogida está colapsado. El ministro del Interior libanés admitió la impotencia del Estado: «No importa cuántos refugios se abran en Beirut, no pueden acomodar a todos los desplazados». El NRC describe condiciones desesperadas: en una escuela que alberga a 1,200 personas, 15 personas están «apiñadas» en cada aula, sin duchas y con un baño compartido entre 23 personas. Muchos duermen en las calles, en estadios, en vehículos cubiertos con lona para protegerse de la lluvia, o en edificios a medio construir.
Expertos en derechos humanos de la ONU han declarado que estas órdenes de evacuación son «flagrantemente ilegales». Advirtieron que el desplazamiento forzado de cientos de miles de personas, combinado con un bombardeo intensivo, «constituiría otro crimen de guerra». El desplazamiento no es un efecto secundario; es un instrumento. Busca vaciar territorios, fracturar comunidades, sobrecargar los servicios del gobierno libanés hasta el punto de la ruptura, y crear una masa humana desesperada que, en la lógica del agresor, debería volverse contra Hezbolá por haber «provocado» esta tragedia. Es una forma de guerra psicológica y de castigo colectivo que recae sobre civiles que no tienen injerencia en las decisiones del grupo armado.
El Ataque Sistemático a la Vida Civil: Escuelas, Hospitales y Hogares
La política de tierra arrasada se demuestra con letal claridad en el blanco preferente de los ataques: todo aquello que sostiene y protege la vida civil. Los números son un testimonio elocuente de una campaña que no distingue entre combatientes y población.
El sector sanitario está bajo asalto directo. El ataque más brutal ocurrió en la aldea de Burj Qalaouiyah, donde un bombardeo israelí a un centro de salud mató a 12 trabajadores médicos (doctores, paramédicos y enfermeras) que estaban de servicio. No fue un incidente aislado. El Ministerio de Salud libanés informa que, hasta mediados de marzo, 31 trabajadores sanitarios habían sido asesinados y 51 heridos, con al menos 37 ataques contra personal de emergencia. 55 hospitales y clínicas se han visto forzados a cerrar. Entre los desplazados hay miles de mujeres embarazadas, muchas sin acceso a atención médica.
La infancia libanesa está siendo aniquilada. UNICEF denuncia que 109 niños habían muerto y cientos más resultaron heridos en las primeras semanas de la ofensiva. Organizaciones humanitarias resumen la atrocidad: «Toda guerra es una guerra contra los niños y niñas, y una vez más los vemos pagar el precio más alto por un conflicto que no iniciaron ni en el que participaron».
Los ataques alcanzan el corazón de la vida diaria. Barrios residenciales en el centro de Beirut, que sus habitantes consideraban seguros porque no eran bastiones de Hezbolá, han sido bombardeados. Un ataque con misiles en Ramlet al-Baida, un paseo marítimo donde familias desplazadas dormían en tiendas de campaña, mató a 8 personas con una táctica de «doble golpe»: un primer misil seguido de un segundo para alcanzar a los rescatistas. Viviendas en el sur, en Sidón, en Nabatieh, son reducidas a cráteres humeantes con familias enteras dentro. Se ha documentado además el uso ilegal de fósforo blanco por parte de Israel en áreas residenciales del sur del Líbano, una sustancia química que causa quemaduras horribles y muerte cruel.
Este patrón de atacar sistemáticamente infraestructura vital no militar (viviendas, escuelas, hospitales) encaja con la lógica de la tierra arrasada. No se busca únicamente degradar la capacidad logística de un ejército; se busca degradar la estructura misma de la sociedad, haciendo que el territorio se vuelva inhabitable. Cuando se destruye un hospital, no solo se eliminan camas y quirófanos; se elimina la posibilidad de curar a los heridos del bombardeo anterior, creando un ciclo vicioso de sufrimiento amplificado. La destrucción de escuelas no solo interrumpe la educación; roba a una generación entera su futuro. Es la arquitectura de la vida social la que se demuele ladrillo a ladrillo.
Geopolítica del Caos: Intereses Tras la Destrucción
¿Por qué Israel ejecutaría una política tan extrema y costosa a nivel de imagen internacional? La respuesta no se encuentra solo en el deseo de debilitar a Hezbolá, sino en una agenda geopolítica más amplia donde el Líbano es una pieza en un tablero regional dominado por Estados Unidos e Israel.
El conflicto actual se enmarca en la guerra más amplia lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán. Hezbolá, como aliado de Irán, entró en la contienda. Para Israel, el Líbano representa un «frente norte» que debe ser neutralizado no solo militarmente, sino políticamente. La estrategia parece tener varios objetivos entrelazados:
- Crear Hechos sobre el Terreno: Israel ha iniciado «operaciones terrestres limitadas y dirigidas» en el sur del Líbano. Analistas apuntan a que el objetivo declarado sería apoderarse de hasta el 20% del territorio libanés, hasta el río Litani, estableciendo una «zona de seguridad» ampliada mediante una ocupación de facto.
- Desestabilizar y Debilitar al Estado Libanés: Al bombardear indiscriminadamente y desplazar a cientos de miles, Israel sobrecarga a un Estado libanés ya frágil, económicamente quebrado y políticamente dividido. La esperanza israelí parece ser que la presión lleve a un colapso de la autoridad estatal o a un conflicto interno sectario. Los bombardeos fuera de los bastiones tradicionales de Hezbolá buscan, según analistas, «avivar las divisiones sectarias».
- Demostrar Superioridad y Enviar un Mensaje Regional: La devastación en el Líbano es una exhibición de fuerza destinada a Irán y a otros actores de la «Resistencia». El mensaje es que cualquier retaliación tendrá un costo existencial para los aliados regionales de Irán. Es una guerra por proxy donde el pueblo libanés es el campo de batalla.
- Intereses Económicos y Control de Recursos: La región es un nodo crucial de energía y comercio global. El conflicto genera caos en las cadenas de suministro, pero también puede servir para reconfigurar alianzas y controlar rutas energéticas en el futuro. La destrucción del Líbano elimina a un actor potencialmente disruptivo en el flanco norte de Israel y consolida el dominio israelí-estadounidense sobre el Mediterráneo oriental.
En este marco, la población civil libanesa no es un «daño colateral». Es el instrumento a través del cual se ejercen estas presiones geopolíticas. Su sufrimiento es el mecanismo para alcanzar objetivos estratégicos. La comunidad internacional, con la ONU a la cabeza, se limita a expresar «preocupación» y a lanzar llamamientos de fondos de emergencia (como el de 308 millones de dólares solicitado recientemente), mientras permite que el país sea despedazado.
¿Tierra Arrasada? Un Patrón que Delata la Estrategia
El concepto de «tierra arrasada» no es una metáfora literaria; es una doctrina militar histórica que busca dejar al enemigo sin recursos para sobrevivir o continuar la lucha. Los elementos están presentes en el escenario libanés de manera inconfundible.
El desplazamiento masivo (hasta un millón de personas) es la primera consecuencia visible y buscada. La gente no huye solo del sonido de las explosiones; huye porque su casa ha desaparecido, porque el hospital que atendía a sus enfermos es escombros, porque la escuela de sus hijos ya no existe. Se busca crear tanto caos y miseria que la sociedad llegue a un punto de quiebre.
La segunda pista es la escala y naturaleza de los objetivos. El patrón de atacar sistemáticamente infraestructura vital no militar (viviendas, escuelas, hospitales, puentes, redes de energía) encaja con la lógica de la tierra arrasada. Es una campaña de desposeimiento total. Como se ha visto en otros teatros de conflicto de la región, esta estrategia no persigue objetivos tácticos inmediatos, sino el desmantelamiento de las condiciones básicas para la vida comunitaria.
La tercera evidencia es el impacto duradero y generacional. La destrucción actual no es una guerra que se termine con un alto al fuego; es una guerra que siembra miseria para las próximas décadas. Una generación entera está perdiendo su educación, su salud y su hogar. El trauma y la destrucción material garantizarán que el Líbano, incluso si cesan los bombardeos, enfrente un futuro de atraso y desesperanza. Esto sirve al objetivo geopolítico de asegurar que el país no pueda emerger como un actor soberano y estable, sino que permanezca débil y dependiente.
El Nombre del Crimen
Ante la evidencia del desplazamiento masivo, la destrucción metódica de infraestructura civil y el sufrimiento premeditado de la población, la tibia fórmula del «daño colateral» se revela como un eufemismo cobarde. Lo que se aplica en el Líbano, en el marco de una estrategia regional más amplia, tiene nombres más precisos y condenatorios: castigo colectivo y tierra arrasada.
Son violaciones claras del derecho internacional humanitario, que prohíbe los ataques directos contra civiles y bienes de carácter civil, los actos destinados a aterrorizar a la población y el desplazamiento forzado como herramienta de guerra. Es la lógica imperial en su expresión más cruda: la demostración de fuerza a través de la imposición de un sufrimiento inenarrable sobre los más vulnerables.
Mientras el mundo observa, distraído por otras crisis o paralizado por la arquitectura de la impunidad, un pueblo es sometido a una prueba de resistencia diseñada para quebrarlo. La solidaridad, en este contexto, no puede ser solo un sentimiento. Debe ser una denuncia persistente de estos crímenes y un llamado a exigir responsabilidades. Porque lo que hoy sucede en el Líbano, bajo la lógica de la tierra arrasada y el castigo colectivo, es un ensayo de lo que el poder hegemónico está dispuesto a hacer a cualquier pueblo que ose defender su soberanía y su derecho a existir. La batalla por el Líbano es, por tanto, una batalla por el principio básico de que la vida civil no es un instrumento de guerra. Y es una batalla que, por el momento, se está perdiendo en medio de la indiferencia y la complicidad internacional.





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